Hay hombres que a su paso por la vida se vuelven perdurables. Amancio Rodríguez Herrero y José Oviedo Chacón tienen ese raro privilegio de la historia, pues con su verbo y acción defendieron los derechos de los trabajadores del antiguo central Francisco.

No conocieron el descanso, el miedo, ni siquiera la fatiga; con la frente en alto reclamaban libertad y dignidad para los azucareros. Solo la razón y la pureza de sus ideales los convirtieron en paradigmas de la clase proletaria.

El odio y la venganza lograron su propósito, pero lo que nunca imaginaron sus victimarios es que su pensamiento se multiplicó en cada hombre y mujer del pueblo.

Su legado va más allá del tiempo, porque están cada día presente en cada obra para edificar la Patria nueva; en cada trabajador azucarero siembran y cosechan razones que los hacen más fuertes para convertir en realidad quimeras y desafíos.

Amancio y José Oviedo no están muertos, hoy viven en el corazón de un pueblo que siente orgullo de su legado.

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