Allá, donde el sol se mezcla con la montaña, descansa un hombre que tocó el firmamento de la eternidad. Allá, donde lo acompañan héroes y heroínas de la sierra y el llano, vive un espíritu firme e indomable como las palmas reales y los vigorosos caguairanes.

Desde muy joven se distinguió por su rebeldía y audacia. No lo pensó dos veces para sumarse a las filas del Ejército Rebelde, y tomar el pulso de una nación que reclamaba independencia, vergüenza y libertad para sus hijos.  

Los agrestes parajes de la Sierra Maestra conocieron de su arrojo y valentía sin límites. Una frase lapidaria lo marcó para siempre en el arte militar cubano: ¡Aquí no se rinde nadie!, resumen del espíritu de un pequeño país resuelto a vencer vientos y mareas.

El triunfo victorioso de la Revolución Cubana lo sorprendió inmerso en múltiples batallas y tareas de gran envergadura. Siempre estuvo al lado de su pueblo, al que veneró con humildad y sencillez proverbiales, ganándose el cariño y el respeto de niños, jóvenes y adultos.

A fuerza de tesón y voluntad, logró ocupar un sitio en el pedestal de los verdaderos revolucionarios, y de los hombres que nunca esperan por la contemplación y el acomodamiento.

Fue padre ejemplar, amigo sin tacha, revolucionario insobornable, artista de fina sensibilidad.  Plasmó en sus canciones el sentimiento de la Revolución, la belleza de la mujer y la transparencia del amor.

Para Cuba y el mundo sigue siendo ejemplo y faro en la lucha por las causas nobles y redentoras; por eso, Juan Almeida Bosque vivirá como un héroe entre el sol y la montaña.  

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