Nunca antes la supervivencia humana sobre la Tierra estuvo más comprometida.  De hecho, son varios los desafíos que enfrenta la civilización moderna, entre ellos la crisis medioambiental, el desarme nuclear y la lucha contra el terrorismo; estos acuciantes problemas están sujetos hoy día a la conducta irracional de unos pocos países que rigen las riendas del poder político, económico y militar a escala global.

A raíz del derrumbe de las torres gemelas del World Trade Center, de Nueva York, ocurrido el 11 de septiembre de 2001,  el decursar de los acontecimientos lleva implícito  un serio peligro para los hombres, cansados y alarmados, además, del rumbo que toman las sacudidas financieras, sociales, económicas, guerreristas y climáticas, y las cuales van haciéndose aparentemente cotidianas en cualquier latitud.

En esa compleja coyuntura, donde salen a la palestra noticias como el propósito yanqui de ampliar el escudo antimisil en Europa, las protestas de indignados en pleno corazón del capitalismo americano y europeo, las amenazas de una nueva agresión contra la República Islámica de Irán, y las aventuras bélicas en Iraq, Afganistán y Libia, entre otros titulares, el hambre de poder y hegemonía muestra siempre su fea cara de las más disímiles formas y expresiones.

En esta oscura madeja, el terrorismo continúa siendo parte insoslayable de la política militarista y agresiva de los Estados Unidos de Norteamérica.  Uno de los procesos más connotados en la historia legal, política y jurídica contemporánea, sigue siendo el de los cinco cubanos condenados arbitrariamente por revelar las acciones violentas de individuos, protegidos y financiados en territorio de EE.UU. por la mafia cubanoamericana.

Al calor de la controvertida Ley Patriota, aupada por la Casa Blanca tras la debacle de las Torres Gemelas, se pretende justificar con las condenas a Antonio Guerrero, Ramón Labañino, Fernando González, René González, y Gerardo Hernández la teoría del “nuevo modelo” de política imperial, pero desde una visión prepotente e hipócrita.

Precisamente uno de los reos, René  González, está obligado a permanecer tres años más en Estados Unidos en "libertad supervisada", negándosele ahora el derecho legítimo de reunirse con su familia en su patria, luego de 13 años de dura e injusta prisión.

A todas luces, esto constituye otro castigo inmerecido y, por ende, le crea una situación muy riesgosa.

Ricardo Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, dijo que la salida de René de la prisión coloca a la administración de Barack Obama en un status, por decirlo de alguna manera, por lo menos incómodo, y lo mejor para los actuales gobernantes norteamericanos sería que él volviera de inmediato a su país.

Agrega Alarcón que por la insistencia de George W. Bush en la sentencia impuesta a René, se incluyó  este requisito inaudito: “Como una condición especial adicional de la libertad supervisada, se le prohíbe al acusado acercarse a/o visitar lugares específicos donde se sabe que están o frecuentan individuos o grupos terroristas”.

Esa prohibición,  puntualizó  el dirigente cubano, es la prueba más escandalosa de la complicidad de W. Bush con personeros de la peor calaña, que pululan con absoluta impunidad en Miami.

Por cierto, la fiscal que pidió a la jueza le negara el derecho a René de retornar a su país natal y rehusó acusar a Luis Posada Carriles por su amplio historial de sangre y muerte, Caroline Heck-Miller, es viuda de Gene Miller, un exoficial de Inteligencia militar que participó en la guerra de Corea, anticomunista de rancio tufo, el mismo contratado por el diario Miami Herald y el que le puso el nombre de Peter Pan al operativo orquestado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) para raptar a más de 14 mil niños cubanos.

Pero, nada hay más revelador que el contraste entre la conducta del gobierno estadounidense en el caso de Los Cinco y las “heroicas” hazañas de Posada Carriles y su compinche Orlando Bosch, este último fallecido recientemente sin ajustar cuentas por tanta sangre derramada, no solo en Cuba, sino también en otras naciones.

Ambos son organizadores de la explosión en pleno vuelo de una aeronave cubana frente a las costas de Barbados el 6 de octubre de 1976, y que segó la vida de 73 personas inocentes.

Tanto uno como otro disfrutaron de manera inexplicable de la protección de la Casa Blanca. Cualquier persona, con sentido común, puede arribar a sus propias conclusiones acerca de quién es el verdadero terrorista.

Reafirmando las ideas fundamentales hasta aquí expuestas, vale una interrogante: ¿Qué garantías ofrecen los Estados Unidos al conceder la libertad supervisada a René  González? ¿Existe algún indicio de que se adoptarán todas las medidas para evitar que nuestro coterráneo no corra peligro?.

Como dijera Fidel Castro en su reflexión La vergüenza supervisada de Obama: “Sobre los cimientos de insuperable ejemplo de dignidad y firmeza crecerá la solidaridad en el mundo y en el seno del propio pueblo norteamericano, que pondrá fin a la estúpida e insostenible injusticia”.

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