En estos tiempos de estrecheces y reacomodos en  la economía nacional una figura se entroniza en  espacios públicos,  encuentros familiares o entre amigos. Este personaje, que puede ser hombre o  mujer, es una especie de alcahuete monetario y su presencia está signada por el sonido metálico del dinero.

El adulón aprovecha oportunidades para lo mismo charlar, con ínfulas grandilocuentes, sobre las últimas marcas del deporte foráneo, la premier de un film norteamericano, los premios de un festival que ni siquiera  sabe pronunciar su nombre o simplemente la  no se sabe qué temporada de la serie de turno venida en el famoso paquete.

Desde luego que envuelve a sus interlocutores con diatribas sobre todo lo que huela a producción nacional y enaltece hasta el aburrimiento,  disparates mediante,  el modo de vida, el sistema de educación, la economía del país  de origen del visitante, siendo  cuidadoso para  no herir la sensibilidad de su víctima.

Este tracatán de marca mayor es capaz de blasfemar hasta del santo vientre que le dio la vida si de por medio  existe  la  posibilidad de llevarse al bolsillo algunas unidades monetarias, sin distingo de nacionalidad o valor. Total, existen las Cadecas y llenan su ego.

Donde este personaje se explaya es en cuestiones de política nacional. Asume como suyos  y repite cual entrenado loro, los argumentos del visitante, no importa que los mismos sean  malintencionados, carezcan de objetividad y rocen con mentiras y falacias venidas desde el bando de los que nos odian y desprecian.

La satisfacción de este personaje presente en nuestras calles y barrios, llega al clímax cuando su “presa” (entiéndase ciudadano extranjero)  asiente y le reconoce valores a su desaguisado e inoportuno discurso.

Duele la pasividad de  muchos de los que rodean al adulador por divisas.  Como ingenuos corderitos se convierten en cómplices y permiten en sus propias narices versiones distorsionadas de una realidad, de la cual ellos mismos son actores en roles protagónicos y beneficiados.

Es lastimoso ver en este  despreciable  escenario  a  jóvenes profesionales frutos de la obra social de la Revolución Cubana y  a otros entraditos en años que olvidan la precariedad de sus orígenes, las dificultades para  la asistencia médica, las trabas para acceder a una educación plena, la falta de empleo y de derechos que los reconocieran como seres humanos que pulularon antes del triunfo de enero de 1959.

Nada de sermones. Mucho menos enmiendas aclaratorias.  El verdadero contraveneno para acabar con esta figura que se entroniza en nuestro entorno social, debe ser una radiografía de su propia existencia, un análisis ilustrado de sus logros personales y familiares, y la incuestionable realidad de un pueblo forjado en  tradiciones de patriotismo, honestidad y fidelidad.

Si lo anterior no resultara, entonces propongo este remedio venido de los más puro y cierto de nuestra nacionalidad, escrito por José Martí en 1894: (…) la dignidad, nunca más alta ni firme (…) ni aún para buscarle los crespos seguros, a la ignorancia osada o al desdén ridículo”

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