Desde muy temprano, en los cañaverales amancieros se enseñorean los brazos de hombres en pleno desafío de adversidades con el único fin de garantizar  la producción de azúcar.

No importan la espesura de las malezas ni la presencia de insectos; su voluntad siempre se impone con optimismo y férrea pasión, y a golpe de mocha protagonizan hazañas productivas para romper la norma diaria.

La poca calidad de los medios de trabajo y las demoras en  su reposición no amilanan el titánico empeño de estos héroes con manga al codo y sombrero de yarey.

Lejos de las comodidades y el calor hogareño, desafían el fuerte calor para aportar más caña al despunte económico y social del país.

A este gran ejército de soldados anónimos,  se hacen grandes el respeto y la admiración por su entrega a una labor que merece toda clase de esfuerzos para que el progreso del país se revierta en más riquezas y desarrollo.

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