Eleodora Leyva cumple cien añosDesde su llegada a este mundo nuestro, hace cien años, Eleodora Leiva Núñez, vino ungida con el don de la vitalidad y el tesoro de la longevidad. La estrechez de un hogar humilde le permitió transitar, sin el menor enojo, por los senderos del sacrificio y la devoción al trabajo como pasión y sostén.

Después de  tantos calendarios deshojados, Eleodora conserva la frescura y ternura de pretéritos  tiempos, aquellos cuando decidió unirse para toda la vida  a Juan Francisco Espinosa y forjar una familia compuesta por 18 retoños.

Con la picardía reflejada en sus ancianos ojos, desgrana una sonrisa bien femenina y  su voz como en un susurro brota suave, cadenciosa y sonora para  narrar pasajes de aquellos tiempos difíciles, cuando los cañaverales y sembradíos se convirtieron en cómplices, derrotero y salvación.

Eleodora Leiva Núñez me dice  que el hambre le fue esquiva a ella y a su prole. De ello dan fe más de una veintena de zafras  azucareras como machetera,  sus incursiones en cuanta labor agrícola estuviera a mano para despejar destinos, alimentar el espíritu la esperanza y el estómago de su numerosa descendencia.

La rectitud y las lecciones de moral ciudadana, no aprendidas en ninguna academia, pero sí en las escuelas de la vida, fueron pasando de vástago en vástago hasta edificar una legión de profesionales, técnicos y,  sobretodo, de mujeres y hombres honrados y de bien.

Esta mujer guarda entre los cobijos de su centenaria memoria, episodios protagonizados para resguardar la vida de destacados dirigentes obreros,  cuando ser comunista constituía una fechoría letal. Así se le  ilumina el rostro al mencionar nombres como Amancio Rodríguez y  Jesús Menéndez.

La voz se le vuelve grave y mientras enhebra la aguja de sus manualidades, a sus lesionados oídos llegan como acompasadas melodías las palabras  del fallecido hijo que empinado en el ejemplo hogareño cumpliera honrosas misiones como guardaespaldas de trascendentes dirigentes de nuestra Revolución.

Eleodora Leiva Núñez sigue el hilo de la conversación. Ahora recuerda los alfabetizadores bajo humilde techo; el rigor de las labores domésticas, la recuperación ante una fractura en las caderas y las ansias de seguir viviendo en el reino de este  siglo para ser útil y provechosa a sus 46 nietos, 48 bisnietos,  10 tataranietos y a la sociedad toda.

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