La visita de Su Santidad Benedicto XVI fue otro de los grandes momentos que iluminó el aura de la historia cubana. Por segunda ocasión en 14 años,  el Vicario de Cristo y jerarca supremo de la Iglesia Católica tuvo la oportunidad de apreciar y compartir el calor y el cariño de un pueblo respetuoso, culto y con un alto sentido cívico. Realmente impresionaron la organización, disciplina y afecto prodigado al Sumo Pontífice.

Los preparativos de tan significativo acontecimiento involucró, no solo a las autoridades eclesiales, sino también al gobierno y el Partido Comunista de Cuba (PCC), lo que se consumó en la participación de cientos de miles de hombres y mujeres, niños y jóvenes, creyentes y no creyentes en las Santas Misas oficiadas por el Obispo de Roma en Santiago de Cuba y La Habana.

Fue la constancia inequívoca del profundo sentimiento expresado en la Constitución de la República, que preconiza la libertad religiosa, como parte consustancial de la identidad de un pueblo cuyos soportes español, africano e indio, son pilares para construir un país que hoy aspira a perfeccionarse, sin ceder un solo ápice en sus principios y copiosas vertientes independentistas, soberanas y libertarias.

En la otra orilla del bravo Mar Caribe que aguarda con celo la aureola protectora de la Virgen de la Caridad del Cobre, hoy mucho más fuerte y mambisa que nunca-, una vedette (un “verdugo” en cuerpo de mujer llamado Yoani Sánchez) y sus cómplices de sucio abolengo sufrieron una sonora bofetada.

Para nada sirvieron los millones de dólares ganados en premios insultantes ni el amparo abiertamente público del imperio de Tío Sam. Fueron inútiles sus pataletas para manchar la relevancia de un hecho que elevó a la enésima potencia el prestigio de Cuba a nivel planetario.

Los cibermercenarios y también los terroristas de la más baja calaña, no pudieron mellar la unidad, el amor, la fe y la espiritualidad de una nación pequeña en extensión territorial, pero inmensa en valores morales, patrióticos y soberanos. Ni las bombas, ni las balas, ni siquiera los aullidos lobeznos emitidos por algoritmos y bytes a través del ciberespacio lograron empañar la gloria de un hecho inolvidable.

Hasta los “valientes patriarcas” de la mafia miamense tuvieron que meterse el rabo entre las patas, porque fracasaron en su venenoso propósito de llamar la atención del Papa en cuanto a temas “civiles” y “democráticos”, como gusta de argüir Yanquilandia en su retórico y agresivo discurso anticubano.

Quedarán en la memoria individual y colectiva las lecciones de civismo y estatura política de los cubanos y las cubanas demostradas al Papa Benedicto XVI. El sol del mundo moral que alumbra a los habitantes de la Tierra, es una prueba de que sólo en las ideas esenciales de dignidad y libertad se debe ser espinudo, como un erizo, y recto, como un pino.

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