Fue una voz firme, aparentemente, quien me convidó a escuchar una anécdota que, más tarde me enamoró. Otra vez Fidel; otra vez el destino; otra vez una historia preñada de sencillez, humanismo y reflexión.

Corría el año 1972 cuando José Francisco Perdomo Menéndez se desempeñaba como Jefe de Batallón de lo que más tarde sería el Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), en La Julia, perteneciente al municipio de Urbano Noris, en la oriental provincia de Holguín.

 

“Era domingo”, comenta Paquito como cariñosamente le llaman sus amigos. “Los muchachos estaban realizando las actividades propias de una jornada para el descanso. Entonces llegó Fidel que estaba de recorrido por la provincia, acompañado por el Comandante Juan Almeida Bosque y Armando Hart Dávalos que en ese momento se desempeñaba como primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) en ese territorio”.

 

Tras cada descripción el testigo de aquel momento histórico, según su propia clasificación, exhala constantemente el aire que respira, como si tanto oxígeno bloqueara la emoción vivida. Cuenta que el Líder de la Revolución Cubana no lo pensó dos veces y se unió a un grupo de jóvenes que estaban jugando beisbol.

 

Luego de casi 40 minutos, intercambió con ellos y fue cuando preguntó quién estaba al frente del batallón. José Francisco dio un paso adelante y Fidel se extrañó cuando al preguntarle la edad le respondió que tenía 19 años. A lo que agregó que eso daba muestras de su valentía como joven cubano.

 

Se preocupó, además, por las condiciones de vida en el campamento, y orientó algunas acciones en el pequeño campo para jugar a la pelota así como otros deportes donde habitantes de la comunidad podían integrarse.

 

Antes de partir firmó algunas pelotas. Desde ese momento dejaron de ser un implemento deportivo para convertirse en un objeto que hasta hoy guardan con orgullo.

 

Orgullo, esa fue la palabra que dio paso a otro timbre de voz, ahora más tembloroso. Sus ojos comenzaron a brillar y a ocultarse detrás de pequeñas gotas cristalinas que, por valentía, se mantuvieron estáticas ante la subjetiva orden de firmeza.

 

Otra vez Fidel; otra vez el destino: enhorabuena.

 

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