Al conjuro de las virtudes, como premonición de justeza y premio al amor, el grito de un recién nacido anunciaba el advenimiento de un ser predestinado a luchar por lo digno, justo y humano.

Era un día claro, de esos que invitan a vivirlo con intensidad hasta consumir sus 24 horas. El nombre del lugar presagia diversidad. El calendario marcaba el 16 de octubre de 1917.
Cuatro Caminos,  lugar del nacimiento, en los predios del Cascorro camagueyano. Dicen que doña Valeriana y su esposo Basilio, españoles de pura cepa, inculcaron rectitud, apego al trabajo honrado y mucha dignidad a la prole concebida en matrimonio, de la cual fue el primogénito.

Pudo desandar los sederos de las  primeras letras y números en aquel lugar de extremo desamparo urbano, pero rico en virtudes naturales. Afincó la voluntad al estudio y se dice que de manera autodidacta, incursionó en el mundo del conocimiento y el aprendizaje.

Con a penas 12 años es traído a la colonia de Sevilla, sitio con nombre de río y que recuerda a la España de los hacendosos padres. Pocos kilómetros separan el rústico lugar del ingenio Francisco. Un hilo de cordones férreos y un maltrecho terraplen sirven para el enlace.

La precaria situación de la familia, crece como la espuma. Ya suman cuatro bocas para alimentar. Don Basilio  establece campamento en La Lomita, asentamiento más cercano al central azucarero y potencialmente con otras oportunidades para el trabajo agrícola. El tiene 16 años.

Corre el año 1934.  Descubre los secretos del rudo laboreo en el campo. Entre surcos y arados  despiertan sus inquietudes revolucionarias. Participa en reuniones; aprende; estudia literatura política, pide alistarse y seguir el ejemplo de Pablo de la Torriente Brau. Allí también se relaciona con Arsenio Yero, líder del Partido Comunista, se sumerge en los andares de la ideología. Con 20 años, es admitido en la organización política.

Gana prestigio por el sudor derramado y la verticalidad de sus principios en favor de las demandas obreras y campesinas. Integra el comité gestor del sindicato. Al nacer ese gremio, en 1939, primero resulta electo vicesecretario y en poco tiempo, secretario general del Sindicato de los Trabajadores Azucareros del central Francisco y sus colonias.

A partir de ahí se inició una larga carrera de luchas sindicales y políticas. Escala a la Federación de Trabajadores  de la provincia de Camaguey y más tarde secretario agrario de la Federación Nacional de Trabajadores Azucareros, dirigida por Jesús Menéndez Larrondo.
En esos ajetreos se convierte en máximo dirigente de Partido en el término municipal de Santa Cruz del Sur. Fue concejal, pesador de cañas y  despachador de gasolina. Conoció a Aleida Aleaga, de la unión nacieron Julio y Juan.

Nunca claudicó. Mantuvo una trayectoria incorruptible. Siempre fiel a los principios proletarios. El desinterés a lo personal lo llevó a sufrirr necesidades propias de  desposeídos, la firmeza fue asidero, lacayos y traidores sus victimarios. Sabía que la muerte injusta asechaba. No conoció el miedo. El 18 no fue su número de suerte, tampoco septiembre su mes favorito. 1949, año fatídico.

Transcurrido 99 octubres del alumbramiento, en un  céntrico espacio del antiguo  central Francisco, un monumento perpetúa para la eternidad, el ejemplo y  la vigencia de una vida trunca, pero fértil y útil. Un pueblo entero, orgulloso de la Historia, exhibe el compromiso de la fidelidad a El gallego, aquel hombre sencillo que trascendió a su tiempo con el nombre de:  Amancio Rodríguez Herrero.

Tomado del blog del autor

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