Eduardo Alvarez Rodríguez
Eduardo Alvarez Rodríguez

Me dicen que la muerte es ese pasaje cruel de la vida que esculpe cadáveres, irriga soledades y olvidos. Se rumora que aprovecha descuidos para hacer de las suyas, que es inoportuna, siempre lacera sentimientos y llega desconociendo horarios, edades, razas, ideologías, riquezas, sexos y fechas.

También me cuentan que hay muertes que se convierten en semillas y  abonan las tierras fértiles para crecer a pesar de lo ilógico y natural. Y lo creo porque en este enero miles de seres nos estremecimos ante el fallecimiento de Eduardo Ramón Álvarez Rodríguez.

Fue Eduardo uno de esos mortales que ungió la geografía de su existencia con montones de buenas acciones. Toda la capacidad humana se materializó en un ser que vino al mundo sobre los hombros de la humildad, sencillez y verticalidad de principios.

Como casi siempre y al decir de Martí “toda muerte es principio de una vida”. Así los allegados y conocidos de Eduardo desempolvan las virtudes que le granjearon admiración y respeto entre todos; primero en sus andanzas infantiles, luego en la puntera juvenil o en jornadas donde la comunidad fue centro y ocupación.

Supo con su magisterio ciudadano elevarse a ese escalón alto de la especie humana, que al decir del Che, confiere la condición de revolucionario.  Nada le fue ajeno en esta vida. Amó y fue amado,dejó frutos, aportes y realizaciones en campos tan diversos como la política, la enseñanza y la música.

No fue perfecto como humano al fin. Pero transitó senderos tratando de alcanzar la perfección. Nunca miró por encima del hombro, sintió el dolor en mejilla ajena, el regocijo de las buenas acciones y posó, sin remordimientos, la cabeza en la almohada, asumiendo cada amanecer como un reto.

Me consta que fue un guevariano de convicción, un agradecido por naturaleza. Su fe en las ideas lo convirtió en creador, en un soñador de esos capaces de poner primero el pellejo. Lo veo izando el blasón de la fidelidad, incorruptible defensor de la amistad, llegando a todos con el repleto morral de la sinceridad y la nobleza.

En fin, Eduardo es de esos muertos imprescindibles en la vida. Un paradigma que convoca e invita al sacrificio individual en aras del bienestar colectivo, a luchar por lo nuevo, lo bueno y lo útil. Algunos hablan de su paternidad en proyectos como SolyArte, Indio 40 o el movimiento de los clubes de la Década Prodigiosa.Yo admiro, ¡su legado!

Eduardo, prefiero verte guitarra al ristre, con tu gesto gentil, la voz pausada y el trato afable.Caminar como uno más entre nosotros, para junto a Martí recordarte que “la muerte es una victoria, y cuando se ha vivido bien, el féretro es un carro de triunfo”
 

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