Rafael Aparicio Coello.
Rafael Aparicio Coello.

Confieso que la conocí desde su nacimiento, pero para ser sincero, nunca le presté mucha atención. Puedo asegurar que la menosprecié y hasta esquivé, en ocasiones, su presencia.

Luego vino una separación necesaria. De esas que te alejan de tus raíces, tejen distancias y hasta olvidas nombres y algunos rostros. Rara vez le presté la debida atención. Las veces que lo hice fue por pura casualidad.

Casi dos décadas y media de aquella despedida, nos volvimos a encontrar. Esta vez nos abrazamos con una intensidad indescriptible, como si la separación no fuera un sueño.

Desde esa fecha es mi refugio. Desterramos el rencor, nos confesamos penas, celebramos alegrías… nos cuidamos, aunque al decir verdad, muchas veces nos señalamos lunares, sin desconocer luces. Con ella descubrí amor duradero y amistades de las buenas.

Perdonamos ausencias y deslealtades. Aprendí a quererla. Cada instante sirvió para valorar su valía. Se tornó, prácticamente, en compañía insustituible, imprescindible y vital.

Es refugio de mis pasiones laborables, cómplice de aciertos y desaciertos. Me enrumbó por caminos del conocimiento. En ella descubrí que la razón y la verdad cabalgan sobre las palabras.

A partir del reencuentro volvieron muchos nombres y rostros perdidos en los anales de la desmemoria. Sin darnos cuenta nos hemos complementado, y para ser un poco cursi, casi somos inseparables, o eso que algunos llaman, nacido el uno para el otro.

Nuestra relación vence imponderables, se crece ante malvados entuertos, disimula y esquiva al tiempo. Para decirlo más directo, nos prendamos de tal manera que, hasta con un gesto, nos entendemos.

Hoy está de cumpleaños; sus primeros 47. Son muchas las felicitaciones, los votos por nuevos y renovados éxitos. Se llueven las llamadas, las cartas, los correos electrónicos y las notificaciones en las redes sociales. Confieso que no siento celos, simplemente un orgullo noble.

Hoy estamos más unidos que nunca. Disfruto una relación de 23 fecundos abriles. Nos amamos con fuerza, sin complejos y les juro que no me apena confesar públicamente que estoy agradecido y enamorado de Radio Maboas: mi Novia Sonora del Guacanayabo.

 

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