Ana Libén porta un certificado de fin de misión de su hijo Eduardo. Foto: Rafael Aparicio Coello.Hay una mujer que trasciende las fronteras del infinito para erguirse como pedestal de carne y hueso. Ella desafía altas montañas apuntalando el sostén de un hogar humilde y tranquilo. ¿Su nombre? Ana Libén Fis.

 

Ella permanece en el anonimato, porque su alma limpia se esconde bajo el manto de una modestia sin par. Pero, cuando abre las puertas de su corazón, brotan palabras dulces y tiernas, historias y anécdotas que descubren las esencias de un ser especial.

Su niñez la recuerda junto a Nilia y Luis, quienes dejaron su patria natal, Haití,  en busca de un futuro mejor. Cuba los adoptó como hijos propios, y compartió dificultades y esperanzas, sueños y anhelos que hoy vieron la realidad.

Pero un buen día, Anita se vio hecha una mujer y al lado de su esposo Rafael Mensoney, formó una larga prole de 12 hijos. Rafael se dedicó siempre a trabajar en el campo.

Se le veía marchar con los pies descalzos, pero sin perder jamás la cortesía, la decencia y la dignidad que le caracterizaban. Junto a su amada esposa, vivió momentos duros y felices, y hasta el fin de sus días gozó de cariño, respeto y cuidados ejemplares.

El capitalismo fue una época difícil para Anita, hasta que un hombre rebelde coloreó las esperanzas de los cubanos: Fidel Castro Ruz. La vida cambió y fueron muchas las oportunidades para los pobres y desposeídos.

Para la familia Mensoney Libén fue todo un acontecimiento. La Revolución llegó para quedarse, y aquel pasado de miseria y marginación se borró para siempre. 

Anita es ya una anciana feliz y satisfecha. Tiene el mérito de ser el puntal de una familia internacionalista. Nueve de sus hijos, han ofrecido –y brindan-, ayuda solidaria en naciones de Europa, América Latina y África.

Con 83 años a cuestas, dice orgullosa que sus 12 amores son profesionales. Y se siente reconfortada porque ayudan a otros pueblos del mundo con humildad, ya sea como técnicos de salud, deportes o contribuyendo a la epopeya libertadora en países africanos.

Hay una mujer que destila los más puros sentimientos, y los convierte en aromas de fuerza y arrojo. Ella dispersa a su paso por el firmamento, pétalos de una vida rebosante de ternura y esperanzas. Esa mujer se llama Ana Libén Fis, a quien solo un acto cotidiano la hace mucho más grande. 

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