¡Maldita la muerte que nos arrancó tu querida presencia!. Quiso convertir en miserables despojos el verde olivo de tu uniforme de campaña, para lanzarlos al abismo de los traidores. Mas, nunca lo consiguió.

Marchas con estatura de gigante por la Sierra y la selva abriendo caminos, sin temor al olvido. En la memoria de los hombres aún te levantas con nuevos bríos, porque prefieres morir de pie, a vivir arrodillado.

¡Malditos los fantoches que cercenaron tus manos rebeldes!. Quisieron arrojarte al fuego de la infamia, como si fueras volcán sin lava. Mas, solo consiguieron reverdecer la aurora de tu inmortalidad.

Eres guerrillero del amor y de la justicia. Caminas junto a nosotros cual compañero, hermano, guía y amigo,  por los senderos de la dignidad y el decoro.

Desde lo alto del Olimpo, la estrella de tu boina guerrera despide un haz luminoso que alimenta el espíritu de quienes luchamos por un mundo mejor. Y en ese empeño estás junto a nosotros. 

Por eso, Che, no hay más que un modo de vivir después de muerto: haber sido un hombre de todos los tiempos o un hombre de su tiempo.
 

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