En la era de los grandes inventos tecnológicos y asombrosas novedades científicas, los medios de comunicación masiva contribuyen a edulcorar demasiado el Día del Amor y la Amistad.

 

Luego al pretender desentrañar el verdadero significado de esa fecha, colisionan con la consabida y remachada frase de que es un día consagrado al amor, a las madres, a los hijos, a la patria, a la profesión, a la paz, etc.

La realidad es que en muchos países se identifica esta jornada como el día de los enamorados y en otros como del amor y la amistad.

Para muchos es el mejor momento del año de expresar afecto hacia otras personas; ya sean amigos, familias, o enamorados.

En especial los jóvenes aguardan con júbilo la fecha para demostrar a quien aman todo lo que sienten.

La historia describe, que San Valentín, sacerdote que celebra su onomástico este día, ejercía en Roma hacia el siglo III, cuando el emperador de turno decidió arbitrariamente prohibir la celebración de matrimonios entre los jóvenes.

En su opinión los solteros sin familia eran mejores soldados, pues tenían menos ataduras sociales; a lo que el clérigo se opuso.

Lo que si no imaginó ni San Valentín es que, con el tiempo, esta fecha obtendría nuevas connotaciones, tan terrenales como esotéricas. Ello encierra amar a todo lo que represente un elemento más de la naturaleza, o como leí hace poco, manifestar ese sentimiento hacia toda vida fuera de nuestra galaxia.

Amar es resucitar, reza un conocido poema y es por ello que todos tenemos nuestra percepción sobre el tema. Cada cultura le otorga  su propia distinción.

El 14 de febrero debe significar mucho más. Amor, ese concepto tan profundo como tierno, sigue encerrando otras expresiones, pues seguimos haciendo la historia y con ella germinan y prosperan, acciones, sujetos y eventos por los cuales experimentar ese gran sentimiento, que esta crónica no me arriesgo a conceptualizar, porque, en fin, el amor no tiene concepto.

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