Restos de La Demajagua. Foto: Sergei Montalvo
Restos de La Demajagua. Foto: Sergei Montalvo

El 10 de octubre de 1868 irrumpió en la historia de este archipiélago como un canto a la libertad, dispuesto a romper estándares de sometimiento y a minar las bases de un sistema que, en la esclavitud, encontró el oxígeno necesario para pervivir en el tiempo.

Amén de posibles y necesarias disquisiciones, el 10 de octubre de 1868  es un acto fundacional de un pensamiento que rebasaba las estrechas fronteras de lo individual para trascender como el verdadero acto del nacimiento de un pueblo y una nación.

En esa fecha cumbre se evidenció el triunfo del independentismo por encima de otras corrientes, cuyas propuestas estaban ligadas al anexionismo y el reformismo. Cierto que en esa época una crisis amenazaba con el derrumbe del dominio hispano.

En la segunda mitad del siglo XIX muchos ilusos desperdiciaban esfuerzos para arrancar a la metrópolis alguna que otra concesión  reclamada a la Junta de información en 1867. Ante el fracaso, y sin otra disyuntiva, tanto Carlos Manuel de Céspedes como otros patriotas orientales  vieron en la guerra independentista la única vía posible y justa.

Las Tunas acogió importantes encuentros donde se cocinaban los ingredientes de la inevitable sublevación. Los complotados, con la única alternativa de la victoria, inundaron campos y maniguas escoltados por acompasados acordes del clarín que inspiró y dio el aliento vital para la desigual contienda.

Los resultados de aquella gesta se truncaron signados por la desunión, el regionalismo y otros desaciertos que desembocaron, irremediablemente, en el fatídico Pacto del Zanjón. Ignominioso episodio que engendró lo que José Martí valoró como:  (...) "de lo más glorioso de nuestra historia " .

Fidel Castro, al referirse al acontecimiento expresó: “con la Protesta de Baraguá llegó a su punto más alto, llegó a su clímax, llegó a su cumbre el espíritu patriótico y revolucionario de nuestro pueblo; y que las banderas de la Patria y de la Revolución, de la verdadera Revolución, con independencia y con justicia social, fueron colocadas en su sitial más alto“.

Aquel altruismo continuó durante años hasta concretarse el Primero de Enero de 1959, cuando un grupo de soñadores, apoyado por un pueblo, escribió en los anales de la historia patria el primer día de enero como evidencia tangible de que en Cuba  solo hubo una sola Revolución:  la iniciada por Céspedes en 1868.

Justamente, a 151 años de aquella clarinada, los representantes del pueblo,  integrados en la Asamblea Nacional del Poder Popular, continuarán concretando la letra y espíritu de la Constitución refrendada y proclamada, eligiendo las altas responsabilidades del Estado y la Nación.

Hoy, en histórica jornada, reverenciaremos, una vez más, el principio de ser continuadores de nuestros próceres; aquellos que nos legaron como únicos bienes: el compromiso de luchar por mantener la independencia y la dignidad, la obligación de defender la soberanía y la irrenunciable voluntad de pensar y actuar como país.

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