La conversación con Martina resulta agradable, es pródiga en anécdotas. Relata con soltura y precisión  pasajes de su primer siglo de vida. Foto: Rafael Aparicio CoelloCon extraordinaria lucidez, aunque sus pasos no tienen la  cadencia de aquellos bailes donde su figura juvenil atraía hasta al más despistado de los bailadores, esta coqueta mujer recibe el cumpleaños 100 como si se tratara de sus quince eneros. Conserva una memoria prodigiosa. Es capaz de narrar su bautismo (fue a los 5 años), mencionar con pelos y señas, sucesos, personas y hasta episodios fortuitos que marcaron su vida.

Como cualquier ser terrenal nacido en esta bendita tierra, tiene la virtud de un carácter bonachón. Atesora como patrimonio tangible  el cariño, respeto y cuidado de una familia formada en la academia del sacrificio, el trabajo creador y con notas sobresalientes en la asignatura del  fecundo ejemplo.

La prole, de esta mulata nacida en la trinitaria y espirituana comarca de San Pedro de Palmarejo  e hija adoptiva del Amancio de sus ensueños, la componen 11 hijos, 44 nietos, 66 bisnietos  y 33 tataranietos.

Su conversación resulta agradable, es pródiga en anécdotas. Relata con soltura y precisión  pasajes de su primer siglo de vida, mientras escoge en una fuente el arroz  de la comida. Una sobrina le interrumpe la charla para  que la ayude a ensartar la aguja con el objetivo de poner orden a un botón desobediente. La curiosidad está en que estas  acciones las realiza sin el auxilio de espejuelos.

A las presentes y futuras generaciones envía un mensaje de pundonor, cuando me cuenta del irrespeto del novio, quien deseoso por llevarse al gato (en este caso la gata) al agua, osó rozar una parte de su empinado y provocativo  busto. “Oiga, fue tanta la vergüenza por aquello y ante el miedo de que se conociera tamaño atrevimiento, que pusiera en entredicho mi reputación, que esa misma noche me monté en la zanca de su caballo”, para emprender el camino del matrimonio, sólo truncado  por la muerte del, atrevido e irrespetuoso, bendito y perdonado  novio.

Esta mujer guarda en un diminuto escondrijo el secreto de la longevidad. Aunque empinó con cautela el codo en sus tiempos mozos y todavía exhala el humo de algún que otro cigarrillo, gusta de la alimentación sana. Aconseja el trabajo como bálsamo y reconstituyente, además de ponderar las bonanzas de la risa, el buen carácter y la alegría sin límites.

No es común cumplir cien años. Martina Peña Calderón, La Negra del ámbito familiar, la mujer afable, que conserva el instinto femenino y la picardía a flor de piel y de ojos también, con cada frase y cada amanecer, desmonta calendarios, siembra generaciones, recoge frutos, perpetúa estirpes  para incluirse, por derecho propio, en el selecto club de los 10 amancieros con más de un siglo de vida.

Martina realiza quehaceres de la casa sin necesidad de usar espejuelos. Foto: Rafael Aparicio Coello

 

Con pasmosa facilidad ensarta una aguja. Rafael Aparicio Coello

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