Caricatura: Daymí Álvarez Lavastida¡Y mi tiempo que! Es la expresión que debía exclamar cuando alguien, parapetándose en banalidades, asume el triste y repudiable rol de dueño absoluto de Cronos y hace añicos las aspiraciones de dar  adecuada utilidad a  ese tiempo  nuestro.

Los hay que llegan y plantan sin ton ni son. No muestran el más mínimo  respeto a nuestra agenda personal y te solicitan un “minutico”, que a la larga se convierte en media hora y paredón para la puntualidad  que nos propusimos.

Y qué decir de las citaciones para reuniones donde el inicio se programa a determinada hora y  la misma comienza pasados sesenta o más minutos. ¿Serán problemas de redacción al  elaborar el aviso, tomadura de pelo o desconfianza?.

Pero en esos mismos encuentros aparece el “secuestrador de horarios”. Solicita la palabra y comienza una andanada de frases predeterminadas donde, con el regocijo de escucharse,  repite con autocomplacencia, resúmenes de las anteriores intervenciones, sin el menor asomo de compasión a quienes disimulan el tedio con el distingo de un bostezo.

Otro tanto sucede en consultas médicas, estaciones ferroviarias, paradas de ómnibus, parqueos de coches y  otros establecimientos  adonde concurrimos a recibir algún servicio, cuando el responsable de materializar la prestación nunca llega, como nunca llega la información acertada sobre el atraso o incumplimiento con la cita.

Y esas maratónicas llamadas telefónicas a deshora; las mismas que irrespetan intimidades,  perturban horas de descanso, comidas, sueños, fusilan el revoleteo de ideas y el acto de la creación,  o simplemente arrestan bajo acusación criminal el  tiempo destinado a provechosas  tareas.

 Nada, que se debe instituir regulaciones que impidan desmanes con el tiempo ajeno. Leyes que garanticen el imprescindible respeto por las ocupaciones de nuestros semejantes,  y aplicar aquello de que lo que no quiero para mí, no debo hacerlo con el tiempo  de otros.

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