Realmente no recuerdo la primera vez que escuché su música. Con nitidez viene a mi mente el disco autografiado que le regaló a mi difunta madre y que prácticamente terminó sus días útiles, casi rayado de tantas vueltas dar en aquel radio tocadiscos Rigonda Bolshoi.

No había descanso para el acetato. Lo mismo de día, de noche, lunes, martes, fin de semana. El ritmo inconfundible de aquella agrupación tan cubana como la palma  y  auténtica precipitación de sonoras melodías embriagaba y creó una adicción que todavía perdura.

Fue la época de Mariluz, Chirrín chirrán, El martes, pero que falta de respeto, ponte para las cosas, Yuya Martínez o yo quiero una flaca. Piezas musicales que suenan en los altavoces de la memoria como pasaportes a un linda etapa de mi vida.

La noticia llegó con su carga de tristezas y dolor. El comentario corrió como tempestad de incertidumbre. Nadie quiso creerlo, Juan Formell, el creador de Los Van Van, el cronista de la sociedad cubana, el talentoso músico, autor que imperecederas, populares e irrepetibles canciones, cedió ante los empujes de La Parca

De luto el panorama musical. Un rey depuso su corona, pero no su reino. Sus despojos  mortales  quedarán en la loza fría del camposanto, pero su obra perdurará por los siglos de los siglos. Las canciones lo eternizarán  en un concierto eterno y su nombre aparecerá en cada esquina o espacio donde de buena música cubana sea la presentación.

Busco y rebusco en los anaqueles del añejo Rigonda Bolshoi el trozo de carátula, donde Juan Formell,  ese grande de la música popular cubana, evidenció su sencillez, al regalar a mi difunta madre, con su  firma de puño y letra aquel disco que se cansó de dar vueltas  orgulloso de alegrar corazones.

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