Corría aquel octubre cuando la triunfante Revolución no alcanzaba el lustro de vida y en la confluencia de las urbanas calles "C" y  de Los Cocos, los cuerpos sudorosos se tambaleaban al vaivén de la música ejecutada por una de las orquestas populares más renombradas de Cuba en esa época: Beny Moré y su Banda Gigante.

En una esquina de la tarima que soportaba el movimiento escénico de los músicos, un niño, entre asombros, sorpresas y desconocidas emociones, volteaba la cabeza de un lado a otro como queriendo atrapar en su minúscula estatura, todo cuanto sucedía a su alrededor.

De momento el cuerpo de aquel infante se estremeció al verse elevado por los aires  en unos brazos cobrizos y musculosos que lo pegaron al  cálido cuerpo para zarandearlo al compás de  la interpretación de turno.

Luego de algunos minutos alojado  entre los brazos del mulato alto y bonachón, el niño fue regresado a la quietud del lugar en que se encontraba, mientras la potente voz de aquel hombres enardecido por acordes y calor humano, entonaba las primeras estrofas de un Francisco Guayabal, que se eternizó en los recuerdos del pequeño.

Nunca aquel muchacho  amanciero, convertido hoy en hombre, pudo olvidar la contagiosa sonrisa  y cariño del  músico. Jamás se borraron de su mente imágenes de unos pantalones anchos, ceñidos al cuerpo por encima de la cintura y sujetos a los hombros por sendos tirantes coronado de un enorme y singular sombrero, mientras en la diestra se agitaba al compás de la música,  un bastón.

Cada vez que un nuevo octubre devuelve el bullicio de los carnavales locales, siempre que el éter abre camino a alguno de los resonados éxitos musicales y la potente voz del mulato bonachón y cariñoso se deja escuchar en composiciones como: Amor Fugaz, Te quedarás, Santa Isabel de Las Lajas o Corazón rebelde, entre otras, aquel instante vuelve a cabalgar en la melodía y a ser presencia vida en la memoria de ese niño, ahora hombre.

Hoy cuando las reverencias y el tributo  indican que el calendario nos signa las cinco décadas de la desaparición física del Bárbaro del Ritmo, vale esta confesión a modo de homenaje y sincera recordación: yo soy el niño de esta historia.

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