La calle Paula lo vio nacer aquel 28 de enero de 1853. Ese día brilló con mayor fuerza la estrella que por siempre iluminaría el camino de la libertad y la independencia cubanas.

Martí fue un visionario que soñó la integración latinoamericana, por eso se convirtió en fuente inspiradora de las voluntades de los pueblos para juntar y amar.

En su corta pero fecunda vida, lo distinguieron su fe en el mejoramiento humano y la utilidad de la virtud que hermana a los hombres y su eterna creencia en la humanidad.

Encendió la antorcha de la dignidad y el decoro y se puso al lado de los pobres de la tierra para, en un solo puño, acompañar a quienes amaron a Cuba, por sobre todas las cosas.

Irradió su luz y se levantó para todos los tiempos. Por eso hoy el Maestro continúa vigilante desde el Moncada y la Sierra como eterno soldado de la Revolución para impedir que el gigante de siete leguas caiga con esa fuerza más sobre las tierras de América.

Anduvo con el negro, el indio, el oprimido, y sintió en carne propia su dolor para hacer causa común; así de excepcional fue este hombre, el más universal de los cubanos, nuestro José Marti, que a la vuelta de 160 años resucita y sigue convocando para construir un mundo mejor y posible.
    











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