En plena temporada ciclónica, cuando Cuba era amenazada por esos eventos meteorológicos y el peor huracán de todos los tiempos sembrado por obra y desgracia de un golpe de estado, casi dos centenares de patriotas irrumpieron en los predios del antiguo central Francisco, en su tránsito hacia la victoria.

Corría el año 1958 y su noveno mes se incrustó en la historia de esta sureña localidad como el espacio en que la esperanza libertaria se evidenció en las columnas rebeldes de paso por estas tierras, donde el apoyo popular y el acoso de los sicarios del tirano, convergieron alrededor de la pequeña tropa.

Comandantes de la talla de Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos, capitanearon las huestes que viajaban desde el naciente hasta el poniente signados por el firme propósito de derrocar al régimen de oprobios impuesto por Fulgencio Batista.

Las columnas invasoras reeditaron la hazaña de  prohombres como Máximo Gómez y Antonio Maceo. Pero esta vez la llegada al destino coronó el triunfo de la razón sobre el odio y el estado de sufrimientos impuesto por las hordas al servicio del imperio del norte.

El propio Che, valoraba estas zonas, de escenario oportuno para desarrollar acciones bélicas por pequeños piquetes rebeldes, constancia escrita en informe enviados por el argentino cubano al Comandante el jefe Fidel Castro.

La semilla dejada por los invasores en la zona germinó y creció vigorosa a partir del primero de enero de 1959, y hoy sirve de cobija a las generaciones que perpetúan aquel legado en la concreción de nuevas metas.

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