Desde 1947 la Francisco Sugar Company, compañía norteamericana conocida por sus desmanes y  ambiciones geófagas  en  zonas de Elia y Francisco,  de la entonces provincia de Camagüey,  trataba de imponer en la dirección sindical a los mujalistas, un grupo caracterizado por sus actividades corruptas y gansteriles vendido  a   intereses foráneos   y   de la burguesía nacional.

Esas intenciones encontraron fuerte oposición entre los trabajadores del gremio dirigidos por Amancio Rodríguez Herrero, luchador inclaudicable y valiente, seguidor de las ideas de Jesús Menéndez Larrondo, asesinado en Manzanillo, actual provincia de Granma, el 22 de enero de 1948; y,  quienes son hoy símbolos indestructibles de los trabajadores.  

Pero, pandilleros  cómplices de Eusebio Mujal –de ahí la denominación-, célebre por su actividad divisionista en el seno del movimiento obrero cubano de la época, convocaron a los afiliados de los otrora  centrales Francisco (hoy Amancio Rodríguez) y Elia (Colombia)  a la sede del Sindicato Azucarero para una asamblea, con el propósito ficticio de “someter a discusión demandas de   interés vital para los obreros (…) y exigir reivindicaciones comunes”.

Así lo relata Facundo Martínez Vaillant en su libro El antiguo central Francisco: símbolo de una sombría historia poco conocida. La propia fuente califica de farsa la invocación, pues  como quedó demostrado el objetivo real era atraer al insobornable luchador comunista Amancio Rodríguez Herrero.

Amancio, ante el reclamo de sus compañeros de militancia, argumentó la necesidad de convertir aquella   asamblea en escenario de combate   por la unidad de la clase obrera; el respeto a las conquistas; el convenio de trabajo; el pago de la superproducción; las diferencias de los días dejados de pagar por el desvío de cañas; contra la cuota sindical obligatoria y por la democracia sindical.

El hecho

Y con esas banderas acudió a la cita en la tarde del 18 de septiembre de 1949.

Entonces, Oscar Páez, uno de los traidores, se dirigió a los presentes en forma demagógica y provocadora.

Amancio, que se encontraba cerca del pistolero, pidió la palabra y ante la negativa,   dijo: “¡me dan la palabra o yo la tomo!”. Y se dirigió al estrado seguido de su inseparable compañero José Oviedo Chacón. Su enérgica decisión fue aplaudida por los reunidos, empero disparos arteros segaron su vida y la del entrañable amigo.    

Sus victimarios: Oscar Páez y Avilio Hernández huyeron amparados por la Guardia Rural, luego fueron procesados por el simple delito de riña tumultuaria y los oligarcas vendepatrias estaban tan agradecidos de sus favores que el dictador Fulgencio Batista los indultó.

Amancio y Oviedo fueron vilmente asesinados ese 18 de septiembre de 1949; y,    del crimen pasaron a la inmortalidad, pues la misma voluntad con la cual ellos  se opusieron a los maltratos y humillaciones de que eran víctimas los obreros del central y sus colonias cañeras, los pobladores del municipio de Amancio, en el sur de la oriental provincia de Las Tunas,  hacen del trabajo trinchera para consolidar las conquistas de la Revolución y conservarlos vivos en la memoria histórica.

Los recuerdos de Jalil…

“Del asesinato de Amancio y Oviedo me enteré en Macareño (localidad camagüeyana, cercana al actual municipio de Amancio). Y tan pronto oí la noticia regresé”, rememora Jalil Jalil Raee.  

La decisión de Jalil obedeció a la entrañable amistad que unía a la familia de su esposa -y a él mismo- con el insobornable líder sindical, quien en aquellos tiempos era el Secretario General del Sindicato de Obreros y Empleados Azucareros del Central Francisco y sus Colonias, cargo al que accedió el 23 de marzo de 1940 como premio a sus constantes luchas por los derechos proletarios vulnerados.

Y, ahora,  a pesar de sus más de 90 primaveras, recrea con fidelidad fotográfica la reacción popular ante el vandálico hecho:

“El pueblo se volcó a las calles hablando del crimen. Sólo se hablaba de eso. Su sepelio fue el más grande que recuerda la historia de esta zona. A cada uno lo velaron en su casa, pero sus cortejos fúnebres   coincidieron antes de llegar al cementerio, donde reposan sus restos. En el trayecto todo el mundo manifestaba su ira, retumbaban voces que denunciaban el crimen. Era tanta la indignación que los guardajurados del Tercio Táctico de Camagüey miraban atónitos. No sabían qué hacer.

“En la despedida de duelo Lázaro Peña dijo: ´Este crimen no quedará impune. Este crimen será vengado y cuando esto ocurra este central se llamará Amancio Rodríguez´. Proféticas palabras que se hicieron realidad el 6 de agosto de 1960 con la nacionalización del ingenio”, evoca Jalil,   jefe de milicias del lugar y protagonista de esa acción reivindicadora.

Desde el triunfo de la Revolución, los sueños de Amancio y Oviedo se materializan en cada obra nueva como esas que, en homenaje a su vertical postura, se levantan o se reconstruyen por trabajadores inspirados en el legado de ambos luchadores a 62 años del vil asesinato.

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