Sede del Sindicato AzucareroAmancio (RM) Un suceso, ocurrido el 18 de septiembre de 1949, en el local del Sindicato de los Trabajadores Azucareros del central Francisco y sus colonias, marcó para siempre la historia de esta pequeña localidad ubicada entre el legendario Camaguey y el indómito Oriente.

Al filo de aquel aciago mediodía bandoleros a sueldo cegaban las vidas de los líderes sindicales Amancio Rodríguez Herrero y José Oviedo Chacón, en una cadena de asesinatos patrocinada por la camarilla que gobernaba al país encabezada por el gángster Carlos Prío Socarrás.

Según narró Facundo Martínez Vaillant en su libro “El antiguo central Francisco: símbolo de una sombría historia poco conocida”, con el crimen premeditado los seguidores del pseudosindicalista Eusebio Mujal convocaron una asamblea, donde debían participar afiliados de los ingenios Francisco y Elia (actual Colombia).

El supuesto objetivo de la reunión era “someter a discusión demandas de interés vital para los obreros (…) y exigir reinvindicaciones comunes”. La realidad demostró que aquella farsa era la carnada ideal para que un hombre de la talla de Amancio Rodríguez, cayera en sus manos y se concretara la orden de asesinato emitida en el Palacio Presidencial.

La narración de Martínez Vaillant cuenta que “en dos ocasiones distintas se efectuaron reuniones en las casas de Rafael Muñoz Fritse y de Gualberto Bolaños, respectivamente, en las cuales se discutieron las medidas que debían adoptarse frente a la amenaza de muerte que pendía sobre Amancio. Al discutirse el problema, éste siempre decía: “esos cobardes no tienen valor para matar a nadie”.

Por eso antes del macabro convite, Amancio se reunió con las direcciones del Partido y el Sindicato y propuso a los presentes convertir la citada asamblea en una verdadera muestra de combate revolucionario por la unidad de la clase obrera; el respeto a las conquistas; el convenio de trabajo; el pago de la superproducción; las diferencias de los días dejados de pagar por el desvío de cañas; contra la cuota sindical obligatoria y por la democracia sindical.

En esa ocasión el vertical líder comunista y sindical, con argumentos incuestionables, convenció a sus compañeros de la necesidad de asistir al local del Sindicato, participar activamente en la asamblea, dispuestos a hacer valer la voluntad de los trabajadores y cerrarle el camino a la camarilla traicionera. Logró apoyo unánime.

Esa tarde del 18 de septiembre el inmueble estaba repleto, lleno de obreros agrícolas e industriales dispuestos a exigir el mantenimiento de sus conquistas frente a The Francisco Sugar Company y sus lacayos mujalistas.

Los afiliados ansiosos esperaban la llegada de El Gallego, como cariñosamente nombraban a Amancio, su indiscutido líder. Los pandilleros declararon abierta la asamblea. Los trabajadores permanecían atentos, serenos y confiados en oír resonar las justicieras y proletarias palabras del incorruptible dirigente obrero.

Oscar Páez, uno de los traidores, se dirigió a los presentes en forma demagógica y provocadora. Amancio, que se encontraba cerca del pistolero, pidió la palabra. Ante la negativa, enérgicamente dijo: “¡me dan la palabra o yo la tomo!”. Uniendo expresión oral con la acción, se dirigió con pasos firmes hacia el estrado seguido de su inseparable compañero José Oviedo Chacón.

Una entusiasta andanada de aplauso congratuló la postura de El Gallego pero inmediatamente fue silenciado por el tronar de sucesivos disparos y un obrero con voz ronca y consternada con fuerzas dijo: “¡Han matado a Amancio!”. José Oviedo, quien avanzaba tras su compañero, recibía también un mortal disparo. El sepelio constituyó una verdadera muestra de duelo e indignación.

La confusión inundó el Sindicato del central Francisco y sus Colonias. Los criminales amparados por la Guardia Rural escaparon para luego, en un amañado juicio por riña tumultuaria cuatro años después del asesinato, ser declarados libres de culpabilidad directa e indirectamente.

Once años después del crimen, el 6 de agosto de 1960, a propuesta de Francisco Suárez Calderón y por voluntad unánime de los trabajadores de la fábrica de azúcar, se cumplían las proféticas palabras del Capitán de la clase obrera cubana, Lázaro Peña, quien al despedir el duelo de los líderes asesinados dijo que algún día ese crimen sería vengado.

La triunfante Revolución del primer día de enero de 1959, se encargó de vindicar la memoria del horrendo asesinato de Amancio Rodríguez Herrero y José Oviedo Chacón escribiendo con trazos de homenaje y caracteres de dignidad y justicia sus nombres en cada realización de nuestro heroico pueblo.

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