Amancio Rodríguez Herrero y José Oviedo Chacón, líderes obreros asesinados el 18 de septiembre de 1949. Imagen de archivo.
Amancio Rodríguez Herrero y José Oviedo Chacón, líderes obreros asesinados el 18 de septiembre de 1949 en la sede del sindicato azucarero, del entonces central Francisco. Imagen de archivo.

Es 18 de septiembre del año 1949. El odio y la perfidia se agazapan tras el manto inescrupuloso de las miserias humanas. La traición asoma su rostro vestida con el ropaje de la crueldad y la ambición. A su encuentro marchan la dignidad y la honra ataviadas con la ascendencia de los símbolos y el absoluto respeto a la justicia.

El salón es amplio. Por los grandes ventanales penetran los rayos solares como presagio de la tragedia. Es pasado el mediodía. Poco a poco los largos bancos son ocupados por inquieta, ardiente y engañada muchedumbre, que entona en silencio el himno de la demanda y la vindicación.

La maldad impera. El crimen se consuma. La muerte asola. No hay lágrimas secas, sino fértiles promesas. Se agita el torbellino enardecido. Dos cuerpos inertes están tendidos, pero un inmenso manantial de ideas nace y recorre cañaverales, se endulza en los basculadores y tachos. Se purga y despeja lo impuro, mientras lo puro se disemina cual promesa visionaria anunciadora de que "la muerte es la forma oculta de la vida".

El Dios Cronos enlaza minutos, horas y días. Al cabo de diez años, el verde y el olivo toman por asalto destinos y la justicia desembarca vestida de patria. Las barbas y melenas largas presagian el cambio y la vindicación. Se yerguen las humeantes chimeneas, mientras las densas volutas cantan a los cuatro vientos el nacimiento de una nueva era.

No más mayorales. Distantes quedan el tiempo muerto y las huelgas que lloran sus cuitas al hombro del hambre y el desalojo. El plan del machete se cobija en el caqui carmelita ante el empuje del azul y el verde que, en popular comunión, enhebran la aguja de la esperanza y transitan los senderos sembrados de mariposas florecientes y dulces cañaverales.

La ronca profecía del eterno capitán proletario se cumple. El simple obrero propone y la muchedumbre enardecida, salpicada de justicia, calza la honra y decide retomar la promesa. Dos nombres se inscriben para siempre en el horizonte sagrado de la eternidad, "brillan de esperanza los rostros de los hombres, y cargan en sus brazos haces de palmas, con que se alfombra la tierra..." y reposan los que dieron todo de sí e hicieron bien a los otros.

Es 18 de septiembre. La humillación y la desigualdad quedan en los tropiezos, andares y la fecundidad. Un pueblo se renueva inspirado en el legado. Se mezcla con el ejemplo y asiste con férrea prestancia al paritorio del homenaje sincero y eterno para encausar por los siglos de los siglos la vehemencia de una realización popular cincuentenaria, porque "el llanto es de placer, y no de duelo, porque ya cubren hojas de rosas las heridas que en las manos y en los pies hizo la vida a los muertos".

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