Tributo al combatiente del Tercer Frente Oriental Anastasio Quiñones Rodríguez en Amancio

Es Cruces de Lajas, un remoto lugar  perdido en la geografía de Contramaestre. En el campamento reina un ambiente de tranquilidad. El canto de aves o el movimiento de algún que otro animal silvestre, por momentos rompe el hechizo del silencio. Cada hombre ocupa posición de alerta. Unos piensan en el próximo combate, otros en la pasión relegada por el deber patrio.

Su fino olfato presagia algo diferente. No descuida en ningún instante su responsabilidad al  frente de la pequeña, pero aguerrida tropa. La confianza depositada por los jefes no sería nunca infundada. Es el siete de noviembre de 1958.

Un ensordecedor disparo quiebra la quietud. Las ráfagas de armas automáticas se adueñan del escenario. Las balas saltan y parten ramas de robustos árboles. Voces agitadas  convocan a la resistencia y al combate firme.

Desde su posición ve caer al compañero. No lo piensa dos veces, con más valor que estatura y  protección personal, se lanza con felina agilidad  a socorrer al desvalido. La mortal descarga lo alcanza. No se escuchan lamentos. Por sus ojos de luz transitan instantes de  vida. La muerte vestida de oscuridad se encarga de cerrarlos para siempre.

Así debieron ser las últimas horas vividas por Anastasio Quiñones Rodríguez, un joven de apenas 24 años que trotó por senderos martianos, para vestido de dignidad, ponerse del lado del deber y responder al llamado de la patria herida.

De cuna humilde, Titi, como lo llamaban cariñosamente, esculpió en Yamaqueyes,  una personalidad dada al trabajo que alimenta espíritus. Las aulas y su pizarrón, fueron para él,  una quimera, sólo llegó al segundo grado. Sus manos acariciaron sembradíos, guiaron rebaños de reses. y nunca temieron al rudo trabajo agrícola.

Cuando en las montañas orientales se fraguaban otros horizontes, Anastasio se empinó con dignidad, soltó las amarras que lo ataban  al núcleo familiar y se fue a buscar su lugar  al lado de quienes hacían historia. San Ramón de Guaninao fue el sitio escogido. La recogida de café el pretexto.

Estableció contacto con las tropas insurgentes y en minutos formaba parte de ellas. Guillermo García y Vilo Acuña figuraron entre sus jefes barbudos. Por su valor, entrega sin límites y desprecio al peligro, los compañeros de armas e ideas, lo bautizaron con el sobrenombre de: El Indio Bravo.

Vistiendo lo honrosa vestimenta rebelde  y por sus reconocidos méritos y disciplina, alcanzó los grados de primer teniente. Estuvo con sobrada valentía en unos 14 combates, además de cumplir innumerables misiones.

Hoy cuando  se deshojaron 58 calendarios de su caída en combate,  los restos mortales de Titi, convertido en el Indio Bravo, cruzan la frontera de la inmortalidad para fundirse en un abrazo con el resto de sus compañeros  en el mausoleo del III Frente Oriental,  Mario Muñoz Monroy.

Allí junto al eterno comandante, Juan Almeida Bosque, reforzará la tropa y se alistará para nuevos y difíciles retos. Su impronta se multiplicará en los  cientos de niños que se forman en la escuela que se honra con su nombre.

Al rendirle honores póstumos, Amancio, la tierra que lo vio nacer y resguardó sus inmortales huesos, en silencio  reverencia su muerte y con himnos de victoria inscribe su ejemplo en el martirologio  de la Patria agradecida.

 

Tributo al combatiente del Tercer Frente Oriental Anastasio Quiñones Rodríguez en Amancio

Tributo al combatiente del Tercer Frente Oriental Anastasio Quiñones Rodríguez en Amancio

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