Siguen vivos. Foto: Rafael Aparicio Coello.
Siguen vivos. Foto: Rafael Aparicio Coello.

Cada diciembre desnuda motivaciones y su séptimo día quiebra la quietud y da riendas sueltas al homenaje que se entronca con una epopeya sembrada en el corazón, el pensamiento, el accionar y el recuerdo de un pueblo.

En esos amaneceres el clarin y la caballería mambisa se funden con la rebeldía de las indómitas calles para que en selvas allende los mares resuene el tableteo de ametralladoras que limpía la maleza de injustas imposiciones;  las mismas que tuercen la dignidad humana para que el hombre, ungido de despiadado egoismo, sea lobo del propio hombre.

Aquellas tierras dan abrigo a seres, que venidos de bien lejos, llegan con estrellas libertarias en la frente y en sus manos todo el altruismo que se pueda depositar en un grano de maíz. Llegan de un archipíelago que, por obra y gracias del batallar de sus mejores hijos, se erige como  ejemplo y talisman.

Hombre y mujeres regresan  a sus antepasados para recorrer las venas de podridas sociedades y cual orfebres esculpir obras de benenficio colectivo y sanear de miserias humanas tierras hermanas.

Es diciembre y como 28 años atrás, la patria agradecida recuerda la llegada de sus féretros gloriosos. La muchedumbre recorre avenidas, calles y cementerios. No carga muertos, por el contrario, levanta vidas nacidas de la muerte. De sus  tumbas renacen las flores del compromiso y la fidelidad. Crece el jardín abonado con el legado y el  ejemplo.

Es 7 de diciembre resuena el clarin mambí: Ha muerto el general, renace la vida. Es 7 de diciembre, 121 años después, de los muertos brota el  ejemplo para que renazca la vida, en manos agradecidas.

Foto: Rafael Aparicio Coello.

Foto: Rafael Aparicio Coello.

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