Realmente no puedo precisar la fecha de mi primer encuentro con  ese capítulo de nuestra historia local,  generado  a partir de los sucesos ocurridos el  18 de septiembre de 1949 en el local perteneciente al sindicato azucarero del antaño central Francisco.

Vienen a mi mente trazos tenues de clases impartidas por verdaderas pedagogas, entre ellas las consagradas y siempre bien recordadas, Aurora Tamayo, María Luisa Guerra y Nila Aguilar.

Ellas, con el verbo afincado en el patriotismo narraban aquellos aciagos momentos con la vehemencia  y oficio del juglar. Así fueron prendiendo en sus alumnos el amor por esos hombres hechos a imagen y semejanza del honor reforzado por la dignidad.

El ejemplo  de Amancio Rodríguez Herrero y José Oviedo Chacón perdura en el tiempo. No por obra y gracia del destino cruel, el mismo que condujo a hombres carentes de juicio y sentimientos a perpetrar el horrendo crimen bajo la sombra de un gobierno fiel a cualquier interés, menos al de los desposeídos y olvidados de siempre.

Ellos pertenecen a la  tradición patriótica de esta localidad por su constante ajetreo entre cañaverales, colonias cañeras, basculadores, tachos o centrífugas;  por sus incansables discusiones aderezadas con la sabia sindical y la razón.

No importó que uno tuviera su origen en la lejana España y el otro presumiera de su sangre africana forjada a golpe de esclavizad y rebeldía. Como pocos interpretaron el sentir proletario, hicieron suyo cuanto reclamo obrero conocieron y arrancaron a la compañía  yanqui: conquistas a  favor de sus defendidos.

La familia soportó el valladar  de la lucha ideológica y de principios que hermanó a Amancio y a Oviedo. Fue como si una premonición les alertara de la profundidad  y justeza de la misma y  cual cómplice apoyara  cada hora desviada a las tareas del gremio más importante  de  esta municipalidad.

Ya en mi adolescencia se comenzaron a profundizar aquellos conocimientos, mucho tuvieron que ver en ellos, las historias contadas por mis padres, siempre atentos a nuestra formación académica y preocupados por sembrar en sus hijos las ideas que convergían en la prédica de Amancio y Oviedo.

Ahora al cabo de los años pienso que esa zaga me llevó a convertirme en un cruzado de la historia nacional y defensor a ultranza de la tradición local.  Mis estudios de magisterio y la especialización en las ciencias históricas, me permitió asumir el legado de  los dirigentes sindicales asesinados en aquel lejano septiembre.

Pero no todo puede quedar en mi pasión por esa etapa del decurso social y político de la tierra que me vio nacer. Pienso que con ello también rindo sencillo tributo a mis queridas maestras, a mis difuntos padres y a la verticalidad del ejemplo de aquellos grandes del pundonor y la dignidad.