No se conciben los amaneceres sin tu grandeza inabarcable. Los atardeceres son mágicos cuando volvemos cansados a casa y, con ternura infinita, nos llenas de confianza y energía para abrazar el futuro.

 

Solo tú eres aroma de gardenia, clavel, mariposa y lirio, que perfuma los sueños y ennoblece el espíritu. Nunca renuncias a ese cariño innato que te colma, aún cuando los azares del camino son difíciles e inesperados.

Pero con la magia de tu sonrisa, logras vestirte de guerrera para que el fruto de tu vientre materno germine con muros sólidos.

No importan las tempestades o los días luminosos, las derrotas y victorias, los sinsabores o triunfos; siempre estás presente en cada puesto de labor, empuñando el fusil, creciéndote en otros confines, lejos de tus seres queridos, porque el deber con la Humanidad traspasa fronteras.

Eres corazón puro y modestia sin par. No esperas nada material, porque estás dispuesta al consuelo, a dar el más dulce de los besos, a la alerta oportuna. Son tan fuertes tu voluntad y entrega, que solo pides amor a cambio de nada.

Por eso, este homenaje no es para un día señalado del almanaque, es la eterna gratitud a quien siembra, riega y cosecha las simientes de la vida. Eres manantial donde bebemos el agua cristalina de ese sustantivo único que es Madre.