Fidel como jamás tus ideas viven, germinan y se diseminan con un mensaje de triunfo y victorias. Foto: Tomada de Internet
Fidel como jamás tus ideas viven, germinan y se diseminan con un mensaje de triunfo y victorias. Foto: Tomada de Internet

Despierto sorprendido. Te busco entre los muertos, no te encuentro.  En Martí aparece la respuesta: "la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida". Y lo entiendo. Desde hace cuatro años, tus ideas, vivas con esa fuerza telúrica, se izan como estandartes, sostén y brújula de la esperanza.


Ideas que no resisten la inercia de escrituras en lápidas ni la rigidez de  monumentos o estatuas. Las mismas que hoy cabalgan a la grupa de una oleada agradecida que levanta sus voces para proclamar aspiraciones y asumir el mejoramiento social y humano como meta y fin.

Fue la práctica revolucionaria la gestora de esa inteligencia causante del nacimiento de tantas y tantas leyendas que inmortalizan tu imperturbable voluntad de crear, la capacidad de ver más lejos que el más común de los mortales, para según el Gabo: sentir la hierba crecer, y sumarte en cuanto empeño represente progreso, justicia y dignidad.

Al decir del autor intelectual del asalto al Moncada: "(...) cuando un hombre grandioso desaparece de la tierra, deja tras de sí claridad pura (...)".  Despertaste con tu ejemplar y pura claridad la incuestionable certeza del triunfo, de la igualdad sobre el egoísmo, de la libertad sobre el sometimiento del débil a los designios de fuertes y poderosos.


Tu visionario pensamiento supo, como pocos, fundir decir con hacer. Lo confirmas al abrir, con una operación de nombre Milagro, pero de profunda esencia humanista, miles de ojos al ventanal de la vida y la esperanza;  al disfrute de una realidad relegada por  excluyentes y miserables modelos sociales permeados de ambición y egoísmo.

Vives en aquel ejército de jóvenes, pertrechado de cuartillas y faroles que se lanzó a campos, llanos y montañas, en abierto  combate contra el analfabetismo cómplice de la ignorancia inoculada a personas pobres y de escasos recursos por una minoría adueñada de un poder que nadie les dio.

La educación cubana, heredera de las más puras tradiciones y prácticas pedagógicas, se nutre de tu prédica, de esa que considera la enseñanza como universal humano derecho y  concepción de educar, como un complejo proceso, multidisciplinario e integral, en el que intervienen disímiles factores e influencias personales y sociales.

El empeño de formar un hombre nuevo, que viva al compás de su tiempo y honre la conquista de toda la virtud posible, con particular arraigo a la solidaridad, se corporiza en los contingentes de médicos, enfermeras y especialistas que  allende los mares invaden otras latitudes con la sanación de cuerpos y almas.

No hay tribuna, foro internacional ni auditorio digno, donde no retumbe tu  enérgica voz  proclamando justicia, solidaridad y  presagiando futuros. Tu paternal abrazo, lo mismo a un campesino, niño, mujer,anciano, obrero o simple mortal, seguirá siendo estímulo y compromiso.

Hoy en el ardiente Santiago de tus estudios, del asalto en la madrugada de la Santa Ana, de la valiente autodefensa para que la Historia te absolviera, del anuncio de triunfo aquel primero de enero, de tus sueños, ilusiones y realidades, se volverá a escuchar la histórica frase del teniente Pedro Sarría ante el reclamo de tu entrega a las fauces de aquella camarilla sedienta de venganza: "las ideas no se matan".

La coincidencia de tu partida a la eternidad con la fecha de salida desde México hacia tierras orientales para ser libre o mártir, será pretexto para colmar el monolito, que escogiste como lugar de trabajo, de flores, cariño y respeto. Allí, junto al aroma de silvestres helechos y en el ambiente de tu querida Sierra Maestra, la reverencia nunca será testimonio póstumo, por el contrario, será para decirte, en la quietud del pétreo remanso: como jamás tus ideas viven, germinan y se diseminan con un mensaje de triunfo y victorias.