Aún guardo en mi memoria los esfuerzos y horas robadas al sueño, para consumar la idea de un proyecto singular. La idea surgió a partir de un diagnóstico que tuvo como centro a la comunidad costera de Guayabal, distante unos 17 kilómetros del municipio de Amancio, en la oriental provincia de Las Tunas.

Guayabal era la carta perfecta para comenzar un amplio movimiento, donde la clave del éxito fue la transformación espiritual y sociocultural de sus habitantes. Este pintoresco poblado atesora leyendas, tradiciones y antecedentes históricos, que merecen ser rescatados y conservados en bien de las futuras generaciones.

La ubicación geográfica de la comunidad justifica su importancia estratégica para la economía local y nacional. Allí radica la Terminal Exportadora de Azúcar a Granel “Granma”, considerada una de las más importantes del país en cuanto a volumen y eficiencia, y un establecimiento encargado de la captura y procesamiento industrial de especies marinas.

En la temporada veraniega, la playa de Guayabal se convierte en polo receptor de bañistas que acuden masivamente a las distintas instalaciones recreativas asentadas a lo largo y ancho del litoral, incluyendo una flamante Base de Campismo Popular y un envidiable Centro de Estimulación para los trabajadores azucareros y sus familiares.

Evidentemente, tras ese peso vital, se erige la pasión transformadora de hombres y mujeres que en constante lidia con el Golfo de Guacanayabo, pugnan por arrancarle al mar sus más íntimos secretos. Ellos son la razón por la cual se concibió una suerte de carnaval, que no solo busca lo meramente festivo, sino mostrar una manera diferente de vivir y pensar.

La memoria oral de los guayabaleros, fantasías y aspiraciones, es un rico tesoro que bien vale la pena sacar a la luz. Por las características de una población costera, era imposible canalizar esa energía humana a través de las Cucalambeanas, fiestas supremas de la campiña cubana.

A partir de esa idea, comienza a gestarse en el año 1997 el evento sociocultural Solyarte, un convite que entrelaza cultura y tradición. Todo comenzó con espacios tan sugerentes como Los pescadores cuentan, Sol y sirena, Esperando la picada y la elección de sirena y sus corales, este último una versión marina del tradicional concurso campesino donde se corona la Flor de Virama y sus pétalos.

La trascendencia del Solyarte va más allá de un proyecto cultural en sí, promovió una serie de transformaciones físicas y espirituales, que un huracán renovador, cambiaron la imagen del litoral. Surgieron nuevas y confortables viviendas a partir de un extraordinario movimiento popular, se logró incorporar a jóvenes desvinculados al estudio y el trabajo, el potencial delictivo disminuyó significativamente.

Por la presencia de un puerto, que acoge a buques de otros confines en busca del azúcar cubano, era importante ofrecer al mundo algo más que tabaco, ron y palmeras. Y en el fragor de esa batalla se logró arrancar de las garras de la prostitución a jóvenes muchachas y dignificarlas con el aporte socialmente útil.

Ha transcurrido una década del nacimiento de un festín, donde el mar y sus misterios, se confunden con la alegría, el trabajo creador y optimismo de los habitantes de Guayabal. Solyarte confirma que la fuerza de los pueblos radica en el concurso valioso del hombre para construir el futuro.