Fidel Castro firma Ley de REforma Agraria. Foro: Archivo de Granma
Momento en el que el Comandante en Jefe firma la Ley de Reforma Agraria. Foto: Archivo de Granma

El pintor cubano Carlos Enríquez, ese genio que nació en el poblado de Zulueta, Las Villas, el 3 de agosto de 1900, no pudo escoger un título más sarcástico que Campesinos felices para aquel cuadro suyo en el que recreaba –o más bien retrataba– la vida rural en la Isla a finales de los años 30 del siglo pasado: una familia transparentada por el hambre y los parásitos, con la mirada perdida bajo un bohío, que a su vez amenazaba con desplomarse sobre sus cabezas.

Más de un estudioso ha hecho notar un detalle que acentúa todavía más la visión punzante de este rebelde de la plástica sobre la caricatura de República que teníamos entonces: en uno de los troncos que sostenían aquel techo enclenque aparece colgado un pasquín muy propio de la politiquería de la época, con el rostro de un candidato, mezcla de cerdo y de asno, acaso la única opción que tenían las almas que malvivían en nuestros campos.

Al margen de la recreación artística, la obra evoca la dura realidad de estancamiento, miseria y desesperación que debían confrontar en el día a día los trabajadores agrícolas cubanos que, un poco más tarde, para finales de los años 50, sumaban ya unos 350 000 y eran sostén de más de dos millones de personas, a la sazón, la tercera parte de la población cubana.

CONTEMPLAR LA MISERIA DESDE UN TABURETE

Tan apocalíptico resultaba el panorama, que una encuesta realizada por la Agrupación Católica Universitaria (ACU) en 1956-1957 concluyó revelando un diagnóstico, si no similar, al menos muy parecido al que expusiera Fidel Castro, tres años antes, en su alegato La historia me absolverá: El trabajador agrícola cubano se encontraba «engañado por los gobiernos y olvidado por los dirigentes de todos los sectores nacionales», concluyó el estudio de la acu.

«En todos mis recorridos por Europa, América y África, pocas veces encontré campesinos que vivieran más miserablemente que el trabajador agrícola cubano», refirió entonces el doctor José Ignacio Lasaga, uno de los hombres que promovió aquella investigación, cuyos ejecutores debieron vencer no solo los accidentes geográficos del país en su recorrido por más de 150 000 kilómetros, «sino también los accidentes mentales que turban nuestra ciudadanía».

Que la gente del campo, por la desnutrición crónica que les caía del cielo, tuvieran 16 libras por debajo del peso teórico no fue lo peor que encontraron los católicos en aquel pesquisaje, que echó por tierra la tan inflamada prosperidad de los años 50, un canto que todavía hoy resuena en más de una bocina.

Según la investigación, para entonces el 89,84 % de las viviendas campesinas se alumbraban con luz brillante, que bien traducido significa con una chismosa; el 60,35 % estaban construidas con madera, techo de guano y piso de tierra; el 63,96 % no tenía ni letrina ni inodoro; solo el 3,36 % de la muestra consumía un alimento tan universal como el pan y el 14 % de los entrevistados refería padecer o haber padecido la tuberculosis.

Ninguno de aquellos males, sin embargo, era el que más preocupaba a la población rural cubana, entre la cual la inmensa mayoría –el 73,46 % de los encuestados– consideraba que la solución a su problema descansaba en la posibilidad de disponer de fuentes de empleo, algo muy lógico si se considera que la mayor parte no era propietaria de la tierra y que apenas tenía trabajo para la mitad del año y el resto lo pasaba contemplando la miseria sobre un taburete, si es que lo tenía.

CUANDO ESTA GUERRA SE ACABE

Por suerte, mientras los encuestadores de la acu se preparaban para surcar el país en busca de la verdad del campo –el 30 de noviembre de 1956 ya estaban listos–, la generación que mejor había interpretado la realidad nacional regresaba a la Isla en un yate que cargaba más sueños que hombres.

Año y medio después de aquel insólito desembarco, el 5 de junio de 1958, al regresar del secadero de café donde se encontraba, Mario Sariol, un humilde campesino de la Sierra Maestra, en vez de su casa, lo que halló entre las lomas fue un infierno de humo y cenizas: la aviación batistiana había bombardeado la zona, y su esposa y sus cinco hijos pudieron escapar milagrosamente al refugiarse en el túnel de una antigua mina de manganeso ubicada muy cerca del lugar, donde residía la familia.

El campesino descubrió desconcertado aquella visión dantesca y, tras encontrar unos fragmentos de los cohetes disparados, cargó con ellos hasta la Comandancia y se los enseñó a Fidel, quien no tardó en descubrir en aquel hallazgo una inscripción todavía más reveladora: usaf (United States Air Force).

Fidel sabía desde mucho antes que Estados Unidos alimentaba por todos los medios a la dictadura decadente de Fulgencio Batista y que la base naval norteamericana, enclavada en Caimanera, era una retaguardia segura para los bombardeos, pero aquellas cuatro letras incrustadas en el metal resultaban más que contundentes.

«Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario –le escribió entonces a Celia–, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero».

La cineasta cubana Rebeca Chávez, que descubrió esta nota hace muchos años en una fotocopia ubicada frente a los ascensores del periódico Granma, contagió a otros compañeros suyos con la idea de una película; se fueron hasta la Sierra, treparon por Mompié y filmaron el testimonio del propio Mario en el lugar de los hechos.

Ella misma relataría que, 20 años después, ya la Sierra era otra, que Mario trataba de no equivocarse frente a las cámaras dirigidas por Daniel Díaz Torres y que constantemente invocaba al jefe guerrillero, que en medio de las urgencias de la guerra encontraba tiempo para ocuparse de la casa bombardeada y de la suerte de la familia campesina.

Fidel Castro terminó aquella guerra –la ganó en poco más de dos años– y como él mismo le había jurado a Celia, casi sin bajar de las lomas, comenzó una «más larga y grande», la misma que Cuba entera está librando todavía.

UNA LEY PARA LOS AGRADECIDOS

Puede que en su feudo, situado a orillas de la Autopista Nacional, en Cabaiguán, Yoandry Rodríguez Porras no conozca al dedillo la historia del bombardeo a la casa de Mario Sariol en plena Sierra Maestra, hace ya más de 60 años, pero lo que sí domina a plenitud es la manera de hacer parir la tierra y el compromiso de los campesinos de hoy con el país.

Considerado el productor más integral de la Isla, mayor cosechero de tabaco tapado en Cuba y «enfermo» a asimilar los progresos de la ciencia y la técnica en su finca, el usufructuario entregó al Estado, en el mes de abril, una producción equivalente a todo el acopio de municipios como Jatibonico o Fomento en ese mismo periodo. 

Del orgullo de hacer producir los predios que heredó minados de marabú, del apoyo que recibe del Estado para impulsar cada proyecto, y de la seriedad con que asume sus compromisos con la cooperativa, el municipio, la provincia, el país y hasta con el propio presidente Miguel Díaz-Canel, ha hablado Yoandry más de una vez: «¿Asustarme cuando llega un camión de Acopio? Al contrario, yo los llamo y les digo: Manden una rastra, que la voy a llenar».

Muy parecida ha sido durante todos estos años la filosofía de otro viejo campesino, el veguero Rogelio Ortúzar, ícono de Consolación del Sur, en Pinar del Río, para quien resulta más que evidente que el progreso social y económico registrado en el campo cubano es hijo de la Revolución y, particularmente, de la Ley de Reforma Agraria, que hirió de muerte al latifundio y les hizo las maletas a las compañías pulpo que se habían tragado la Isla: «Siempre digo que el pueblo de Cuba tiene mucho que agradecerle a la Revolución, pero el campesinado tiene que agradecerle mucho más».

Para resumir la trascendencia de la Ley que este domingo cumple 61 años, el Primer Secretario del Comité Central del Partido, General de Ejército Raúl Castro Ruz, suele acudir a una metáfora que resulta casi fotográfica: «Fue como el cruce del Rubicón», ha dicho él, aludiendo a la repercusión de la que fue la primera gran nacionalización del proceso revolucionario cubano, el punto de ruptura, también considerado como el mayor acto de justicia social con aquellos campesinos infelices que 20 años atrás había pintado Carlos Enríquez.