«Nadie me podrá negar nunca que yo fui un soldado leal de las libertades de Cuba». Foto: Archivo de Granma
«Nadie me podrá negar nunca que yo fui un soldado leal de las libertades de Cuba». Foto: Archivo de Granma

El 17 de junio de 1905, el Generalísimo Máximo Gómez Báez fallecía en la casona de 5ta. y D, en el Vedado. Pocos días antes, había sido trasladado por la familia hacia La Habana, procedente de Santiago de Cuba.

Delicado de salud, cumplió agotadoras jornadas de trabajo con la membresía del Partido Liberal en esa región. Evitar la reelección de Tomás Estrada Palma, deshacer las presiones de su «Gabinete de combate» y promover la candidatura presidencial del general Emilio Núñez Rodríguez, estaban entre los propósitos de su repentino viaje.

Según Clemencia Báez, primogénita de la familia Gómez-Toro, hasta sus últimas horas su padre pensó y vivió la política cubana, en busca de reorganizarla y encauzarla en correspondencia con lo dispuesto en el documento que, a su juicio, debía regir los destinos de Cuba: el Manifiesto de Montecristi, texto fundacional que firmara junto a José Martí, poco antes de zarpar hacia Cuba: «… con el Manifiesto de Montecristi en la mente y el corazón, como el evangelio que levanta el alma de Cuba a su mayor altura [...] empecemos la obra pacífica de la verdadera redención, de un pueblo que por su historia merece el respeto de otros pueblos».

Establecer una república, cuyo gobierno no impusiera «privilegios de ningún linaje», con ministros que «no alfombraran sus casas o cuyas mujeres vistieran de sedas mientras la del campesino y sus hijos no supieran leer y escribir», una administración compuesta por «hombres de grandes virtudes probadas», amantes de la ley y no de la espada», era parte de su concepción republicana, bien definida por el Generalísimo en innumerables escritos.

Una ética raigal que sustentó su ideario revolucionario, antes y después de la guerra (1895-1898), sobre todo, cuando al cesar la estampida del último cañón en el conflicto colonial intervenido, sobrevino la ocupación militar de la Isla (1899-1902).

Cuba no era libre ni independiente todavía, tal como el General en Jefe del Ejército Libertador advirtiera en sus proclamas y le confiara a un periodista estadounidense, a raíz de la firma del Tratado de París, el 10 de diciembre de 1898.

En ocasiones, políticos y amigos le preguntaban acerca de las posibles negociaciones con Estados Unidos. Entendía que no debía enfrentarse a la nación interventora en el orden militar, pues en aquel contexto de posguerra «sería mirado por el mundo como el quijotismo más ridículo», pero, eso sí, jamás se le debía entregar porciones de tierra: «Encima del suelo empapado con tantas lágrimas y sangre no debe ondear más que una bandera, la que amparó al ideal sagrado de la Patria cuando luchábamos solos en medio de la América libre, indiferente y fría».

De ahí que, cuando al texto constitucional cubano de 1901 le fuera impuesta la Enmienda Platt, que prescribía en su articulado el arrendamiento o venta de tierras cubanas para el establecimiento de estaciones navales o carboneras, el general Gómez redactara su ensayo Porvenir de Cuba, en el que exponía con claridad meridiana:

«Con la intervención armada de los ee. uu. en la guerra de independencia es indiscutible que Cuba, al inaugurar la República, ha quedado tan íntimamente ligada así en lo político, como en lo mercantil a la Gran República Americana, que casi y sin casi vienen a constituir tan fatal o fortuita intimidad, un cúmulo de obligaciones, que han hecho de su independencia un mito. Y como si el hecho histórico no valiera nada ahí tenemos la Ley Platt, eterna licencia convertida en obligación para inmiscuirse los americanos en nuestros asuntos».

Y en carta a su amiga, la poetisa puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió, le confiaba: «Prefiero las cadenas del esclavo remachadas por la fuerza que la libertad a medias por la propia voluntad. En el primer caso siquiera cuento con el respeto que siempre inspira la desgracia».

Conocía de los peligros y temía por el «naufragio de la nave», es decir, por una posible anexión de Cuba a Estados Unidos. Con cautela enfrentó los riesgos.

En primer lugar, se imponía la unidad de los cubanos bajo el liderazgo independentista e hizo público en sus proclamas y consejos al pueblo de Cuba su pensamiento en cuanto a la importancia de proceder «con cuidado y tacto exquisito»: «tenemos al extranjero metido en casa y es cuerdo pensar que sin que él lo solicite, han de sumársele las fuerzas todas que un día estuvieron frente a frente de la Revolución». De ahí sus orientaciones a jefes, oficiales y soldados del ya disuelto Ejército Libertador: «Vamos a sernos un manojo para resistir y triunfar».

Mientras tanto, concibió la creación de las Milicias Cubanas, proyecto presentado al primer gobernador militar, John Brooke, a inicios de 1899. El plan consistía en un cuerpo armado, compuesto aproximadamente por 15 000 hombres que, según sus palabras, harían «innecesaria la intervención de las tropas americanas y de la misma Guardia Rural». Era una estrategia «salvadora de los intereses de la nación cubana», que incluía también gestionar la ubicación de figuras procedentes del independentismo en las alcaldías y otros puestos públicos importantes, escenarios estratégicos para maniobrar a favor del pronto establecimiento de la república independiente y soberana.

Y mientras tanto, la labor patriótica de la escuela pública, la familia y la sociedad se imponía, tal como le expusiera al puertorriqueño Sotero Figueroa, cuando se refería a la necesidad de salvar lo mucho que quedaba de la revolución redentora: «su Historia y su Bandera».  De no ser así, advertía: «(...) llegará un día en que perdido hasta el idioma, nuestros hijos, sin que se les pueda culpar, apenas leerán algún viejo pergamino que les caiga a la mano, en el que se relaten las proezas de las pasadas generaciones, y esas, de seguro les han de inspirar poco interés, sugestionados como han de sentirse por el espíritu yankee».

Apenas tres años después de establecida la república, el general dominicano-cubano entendía que otros eran los peligros esenciales que gravitaban sobre el país.

En una entrevista concedida a Pío Herrera para el Interview, el 27 de septiembre de 1904, declaraba: «Si alguno quiere o teme la anexión es muy sencillo, pues los yankees no la pueden querer, ni la necesitan para nada, pues ellos sin apurar y sin entrar en esos serios compromisos, tendrán en toda la América la superioridad mercantil, que es lo que ellos persiguen para ponerse enfrente de Europa».

Pero la reelección de Estrada Palma, con la consecuente afiliación del primer mandatario al recién fundado Partido Moderado, integrado por antiguos autonomistas, lo condujeron, más allá de sus reiteradas alusiones a su condición de extranjero, a intervenir en la vida política de la recién inaugurada república. Fue ese el motivo principal que lo condujo a emprender su último viaje al oriente cubano.

Nunca abandonó a los cubanos, ni en los momentos más difíciles, por más que su radicalismo le resultara incómodo a no pocos de sus contemporáneos. Sostenía principios que estaban muy por encima de cualquier incomprensión e ingratitud humanas: «Mis grados, mi significación política, truncada en momentos solemnes de la Historia, mis glorias cercenadas y todo eso no vale nada, es efímero, pero nadie me podrá negar nunca que yo fui un soldado leal de las libertades de Cuba. Eso me basta y no quiero más».