Tirar la piedra y esconder la mano, esa es la cuestión

Para los seguidores del Mesías americano es muy fácil asumir el papel de la gatica de María Ramos, cuando se trata de tirar la piedra  y esconder la mano. La moraleja de esta expresión del argot popular cubano, viene como anillo al dedo para desnudar el doble rasero de la Casa Blanca en temas como los derechos humanos y las prerrogativas democráticas.

Precisamente, el centro de los ataques pretende estigmatizar al sistema penitenciario del país. El editorial publicado hoy por el diario Granma ofrece una contundente y clara respuesta que no deja lugar a dudas sobre la verdad y las razones que nos asisten.

Como es de esperar, el Tío Sam y su american way of life encabezan toda esta cínica y destructiva parafernalia, pero no es ocioso insistir en el deliberado seguimiento que ofrecen los medios de comunicación en los Estados Unidos a las masivas protestas que desde el 2011 sacuden la red carcelaria de la nación, tantas veces proclamada espejo de las libertades democráticas y civiles.

El rebote de esa noticia no trasciende más allá del espacio doméstico. Ni las grandes televisoras como CNN, ABC, NBC, o los diarios de gran tirada –The Washington Post o The New York Times, incluyendo el libelo The Miami Herald-, se han dignado en llegar al fondo de una realidad cruel y espantosa, y que aún hoy mantiene en jaque a la administración Obama.

Salvo informaciones publicadas en sitios alternativos y blogs en la Internet, se conoce que las revueltas comenzaron en prisiones de alta seguridad de California, donde un número significativo de reos optaron por las huelgas de hambre en demanda de mejoras alimenticias, adecuado aprovisionamiento de ropa y más oportunidades educacionales.

Familiares y los propios reos han atestiguado que las condiciones en las prisiones californianas son deplorables, las peores en que un ser humano puede vivir, sea cual sea su castigo.

El germen de las asonadas inició primero por la penitenciaría Security Housing Unit de Pelican Bay, cerca de la frontera con Oregón y donde están presos los de mayor peligrosidad y largas condenas.

Luego de Pelican Bay, la sublevación se extendió a la inmensa mayoría de las 33 cárceles existentes en California y un grupo líder de presos dijo que estaba dispuesto a morir de hambre si las autoridades los continúan sometiendo a condiciones que califican como violatorias de los derechos civiles y humanos básicos.

Por su parte, el Departamento de Correccionales y Rehabilitación de California (CDCR) hizo hasta lo imposible para restarle magnitud a la situación creada, aunque los esfuerzos han sido inútiles hasta el momento.

En pleno siglo XXI, es tonto pensar que la potencia más poderosa de la Tierra practica el ejercicio pleno de los derechos humanos, cuando se arroga la facultad de levantar su dedo acusador contra otros.

Los prisioneros declarados en rebeldía piden la eliminación de los castigos colectivos, la interrogación obligatoria sobre afiliaciones pandilleras, el confinamiento en solitario prolongado o el traslado a la población carcelaria general para presos mantenidos en aislamiento por períodos indefinidos de 10 a 40 años o más.  Se suman también un mayor acceso a la luz del Sol y a servicios de salud.

Mientras esto sucede, y como se ha denunciado en todas las tribunas, el encierro ilegal de los Cinco Héroes sigue siendo una historia no contada. De ella, nada o casi nada sabe la inmensa mayoría de los norteamericanos.

A más de trece años del injusto confinamiento de Antonio Guerrero, Ramón Labañino, Fernando González, René González, y Gerardo Hernández, su total inocencia es incuestionable y así lo constan documentos oficiales del gobierno y de tribunales estadounidenses.

En su libro “Los Héroes Prohibidos: la historia no contada de Los Cinco”, Ricardo Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, reafirma que las evidencias demuestran que ellos no cometieron crimen alguno; el Imperio ha ordenado que esas pruebas sean sepultadas y sobre ellas ejerce una censura total.

Las grandes corporaciones mediáticas, esas a las que el prestigioso investigador Noam Chomsky definió, con una palabra, “disciplinadas”, las ignoran sistemáticamente, sin excepción alguna.

A Cuba le cabe el orgullo de que en su sistema penitenciario no se trata a las personas como animales, sino como seres humanos a los que se les brindan oportunidades para reincorporarse a la vida social y de acceder a servicios sanitarios y educativos de excelencia.

En eso de las perfidias, el silencio de la gran prensa norteamericana constituye para Washington un modo de afianzar su dominio absoluto. Ocultar la verdad es el mejor aliado en su política prepotente y agresiva, que lidia con la hipocresía y la doble moral.
Cuando se desentraña la esencia de los casos y cosas de  Norteamérica, es fácil deducir una conclusión: la moral de los yanquis se les va a los calzoncillos en el tema de los derechos humanos y la dignidad. Para ellos, la cuestión es tirar la piedra y esconder la mano.