Foto: Reynaldo López Peña

La amanciera Yudith Libén Pérez tiene muchas esperanzas, esas que le brotaron junto al nacimiento de su hijo Leimer, un pequeño cuyo pronóstico no era el más alentador. Ahora, con su pequeño en brazos, cuenta de aquellas jornadas con una fortaleza admirable y la gratitud infinita a quienes hicieron posible el “milagro”.

“Fue una cesárea electiva y el bebé convulsionó varias veces al siguiente día de nacer. Pasó un proceso muy difícil. Durante este tiempo he sido bien tratada y no tengo quejas de ningún trabajador”. Madre e hijo, unidos por un cariño genuino, abrazan la verdadera felicidad.

Como Leimer más de cinco mil 20 niños vieron la luz en el 2020, 255 menos que en el calendario precedente; una continuidad a la tendencia de los últimos años que muestra una reducción de la natalidad.

La doctora Yodalis Cedeño Ramírez, jefa del servicio de Neonatología en el hospital Ernesto Guevara de la Serna, reconoce en los ojos de las madres la alegría cuando acurrucan a sus pequeños, tras una dura batalla por la vida.

“El año recién concluido exigió mayores sacrificios para nuestro personal, pues la Covid-19 impidió la entrada de recursos vitales en la atención del recién nacido. No obstante, se buscaron las alternativas a fin de brindar la mejor asistencia a los más de mil 200 bebés, que aquí ingresaron. La supervivencia general fue de 97 por ciento y en el menor de mil 500 gramos de un 82 por ciento, lo que evidencia una labor especializada con el grupo de mayor riesgo”, explicó.

En el recién concluido 2020, las principales causas de mortalidad y la morbilidad del servicio estuvieron asociadas a los partos pretérminos y el bajo peso al nacer. Asimismo, se registra un incremento de los denominados CIUR, que son los niños que no crecen lo necesario dentro del claustro materno.

AMOR QUE SALVA

La especialista en Neonatología, Leydis Valladares Prado, no puede contener la emoción ni las lágrimas que le asoman al rostro cuando menciona a sus pequeños. “Nos entregamos por completo a ellos y estamos atentos al mínimo detalle”.

Confiesa que fue un período de desafíos, pero no faltó la voluntad de impulsar cada uno de los programas. “Este servicio posee características especiales, y las medidas de higiene existen desde siempre, pero se extremaron por el contexto sanitario. Adoptamos la estrategia de informar a un solo familiar sobre el estado del paciente durante las entrevistas, a las cuales habitualmente acudían varias personas”.

Muy cerca la enfermera Vidalina Núñez Rodríguez cambia el pañal a un recién nacido que permanece en una incubadora neonatal. Lo hace con extremo cuidado y más allá de un proceder, aprendido en sus dos décadas de profesión, demuestra amor hacia la minúscula figurita que ha visto desarrollarse de a poco y ahora siente tan suya.

“Aprendes a quererlos, y cuando terminas el turno no dejas de pensar en ellos; desde la casa llamas a preguntar cómo están. Este trabajo nos hace más sensibles ante el dolor ajeno”, asegura con voz entrecortada.

Su colega, la enfermera neonatóloga Ofelia Coy Blanco, con 40 años de experiencia, habla también de afectos, sacrificios y compromisos. Desde la sala de piel a piel impulsa este método eficaz que ayuda al bebé a alcanzar el peso adecuado y favorece el desarrollo neurológico, psicológico y emocional. “Hemos obtenido buenos resultados y los niños no han tenido que retornar a cuidados intensivos”, expresa satisfecha.

Año tras año este equipo de profesionales protagoniza verdaderas hazañas, y su mayor reconocimiento es saberse responsables de la sonrisa de un niño y la alegría de las familias; son motivos que impulsan y también alimentan el espíritu. Este 2021 crecen los desafíos, y a la vez la voluntad de mejorar los indicadores del Programa Materno Infantil, en una apuesta constante por la vida.