José Martí

Fue aquel 19 de mayo un día nefasto, el delegado, el organizador de la guerra necesaria montó a caballo y se fue a conquistar la tan ansiada libertad de su Patria, pero cayó mortalmente herido en Dos Ríos.

Ese Martí de carne y hueso, que fundó y amó dio un salto a la inmortalidad y allí de cara al sol resplandeció como la estrella que ilumina y mata para vivir por siempre en el corazón de su pueblo.

Murió como quiso peleando a caballo por la libertad, al lado de una Palma, por eso la Patria agradecida lo premió por sus desvelos se enjugó las lagrimas, y alzó en brazos el cuerpo inerte para convertirlo en bandera de lucha.

La muerte del Apóstol de la Independencia de Cuba fertilizó el pensamiento independentista de la Isla, y avivó la llama de la libertad ansiada, esa que llegó a las empinadas lomas de la Sierra Maestra para cumplir con la palabra empeñada por la Generación del Centenario de ser libres o mártires.

Fue su pensamiento y su obra acicate en la lucha que se hizo realidad aquel Enero victorioso cuando se rompieron las cadenas, y el hombre fue más que mulato, más que blanco, más que negro para conquistar todos los derechos, para hacer una República con todos y para el bien de todos.

Ese es el José Martí de la Rosa Blanca, el del verso encendido, el que nos enseñó que Patria es humanidad, que Cuba anda de hermana por el mundo, ese es el que nos acompaña y  alienta a seguir en los momentos más adversos.

Y como sentenció l"La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida", por eso continúa vigilante para no dejar pasar el gigante de 7 leguas.